La edad de los trovadores

Todo es cuestión de tiempo, el tiempo es una abstracción, no como lo puede ser un texto de muchas subordinadas o hecho de palabras antiguas, no como lo puede ser un lienzo de Kandisky o un algoritmo de la cuántica teórica. No. Más bien como la ansiedad en la cita esperanzadora de un adolescente;  las imágenes fugaces dentro del cráneo que se va secando o el zapato apretado en el pie del enamorado feliz. El tiempo no es solo de segundos, horas, días, meses, años, es también de sueños, utopías, hormonas, asombros, desesperanzas.

Ese tiempo no tiene calendarios, o relojes suizos, y la verdad tampoco  los necesita.

No iba aún a la escuela cuando falleció Sindo Garay mi madre cantaba sus canciones con una maravillosa voz de campesina. María Teresa Vera se murió el mismo año que nací, pero siempre que escucho Veinte Años se me enlaza el aliento con una cuerda de añoranzas. A pesar de ser una copia ruda  escucho a menudo El colibrí y la flor, cantado por Silvio,  un poema musical que algún enamorado dejó dentro de una botella a la deriva. ¿Qué pasa con el tiempo de la poesía? Será que merece una ecuación de Einstein para ser descrito.

Todo esto viene porque Vicente cumplió 70 años.

Noel, Sara y Santiaguito se fueron a  destiempo.  Amaury  ya no calza tenis viejos en público sino traje y corbata en un muy bien ordenado set de TV.  Pablo es un señor grueso de pelo ralo y Silvio, con muchas canas usa lentes para leer las partituras y grande audífonos para escuchar las referencias. Estos son los trovadores de mi generación, hemos sido viajeros en una misma balsa astral.  Todavía recuerdo la euforia en la casa de Odalis cuando llegué con el recién lanzado disco Causa y Azares, recuerdo el brillo de su cartulina, la belleza de los grabados y sobre todo los arreglos desbordantes de Afrocuba con la voz atiplada del trovador.

Tal vez el tiempo de la trova es el calendario de nuestros propios años de naufragio o de libertad.

En el cel de mi hijo veinteañero están los discos de Silvio, ¡todos! incluso las canciones inéditas que circulan por ahí. Las remasterizadas grabaciones de RCA Victor de Manuel Matamoros, Ciro y Cueto mezcladas con las piezas febriles de Fito, Sabina y la electrónica de algún jazzista experimental. Nuestra herejía feliz es,  cantar a dúo “Son oscuro” de Noel y luego exorcizarnos escuchándola en la voz de Sara, Marta o Xiomara. Entre mis hijos y yo hay un puente temporal y colgante atado con las cuerdas vocales de la poesía y las de las guitarras de nuestros trovadores.

Porque el tiempo es una estación, iba a escribir abstracción, más sujeta a los impulsos de las nostalgias que a las agujas nerviosas de los relojes. El tiempo de la trova, los rostros aniñados que una vez fuimos y esas miradas todavía optimistas que somos. El tiempo no puede ser vencido pero al menos puede ser burlado.

Es así como andamos, burlándonos de las rajaduras de un edificio que amenaza con derrumbarse en cualquier momento a la vez sembramos un nuevo árbol cada día, nos alimentamos de palabras recién horneadas, reconociendo que el gusto por las muchachas no tienen la misma edad de las pupilas que las desnudan en la distancia, escuchando a los trovadores, como si el tiempo no hubiese pasado, y en una ecuación de Einstein la curva del espacio permitiese a mi hijo llegar conmigo a la casa de Odalis, con el disco recién lanzado de cartulina brillante y sonido en Alta Fidelidad a una poesía  trovada en el tiempo inmemorial que no termina.

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