De cifras y de rostros 

Cincuenta escaladas a la cumbre del Turquino. Pura estadística, cifra sin mucho vuelo, tan solo denota la persistencia de tiempo, oportunidad y ánimo por el esfuerzo. Si también amor por la Sierra y sus muchos significados, pero nada más.
Lo valioso no es la cifra, lo valioso son las gentes, las muchísimas personas con las cuales he trepado al techo de Cuba. Esa cifra no la se, y que bueno, porque sería confundir estadística con emoción, los datos pueden desvirtuar el sentido de las muchas almas trepadoras, caminantes de ocasión con las que una o varias veces tuve el privilegio de escalar hasta el punto más alto de la Sierra.
Mención especial merecen mis hijos, seis años tenían cuando los llevé al Turquino, primero Alejandro, luego Nacho. Escalaron sin cansancio, curiosos, felices. Ambos ya volvieron de grandes un par de veces.
Sería justo comentar también sobre las mujeres. Para quien le gustan los datos, cuatro fueron y cuatro se fueron luego lejos de mi. Será que este loco trepador no es buen marido. La próxima deberá firmar una promesa, si subes, luego no te puedes marchar.
Por último los amigos y las amigas del camino. Desconocidos hasta quedar en el trillo que serpentea por la pendiente, hermanos y hermanas cuando asomamos por el borde de la cumbre. Otros y otras fueron reclutados para la expedición desde la amistad, la complicidad, el entusiasmo. Mencionar unos implica dejar fuera otros y la Sierra enseña justicia.
Puedo, en cambio, describir llantos, catarsis, dolores, esfuerzos, pánicos, muertes, fertilidades, grandezas, gestos de humildad y de altruismo, libinosidades de ocasión, manos que dieron su apoyo, hombros para llorar o cargar las mochilas de otros, piernas que no se quebraron, ojos que no pudieron con tanta belleza y se volvieron agua de mar, machotes derrotados a la vera del camino, damas frágiles que llegaron las primeras, ciegos capaces de encontrar el trillo por el olor de las mariposas, ancianos venerables y citadinos que se superaron a sí mismo, enfermos sin miedo, niños y niñas saltando de roca en roca, adultos subiendo, metro a metro, con el zurrón repleto por sus dioses y sus demonios.
Para los estadísticos que insisten hubo una ocasión en que Paquito -Delegado del Icap de Camagüey por más de tres décadas – y yo, subimos treinta y ocho naciones en a la punta del Turquino, lo que si es un record.
Esta nueva turquinada es un homenaje a todas esas maravillosas personas con las que una o muchas veces subí hasta la cumbre, donde José Julián nos vio llegar, abrazarnos, ser felices, luego perdernos en el trillo de la bajada, para volverme a ver una vez más.
El Turquino y  Martí, el de la cima, saben que volveré.