Fidel y los abandonados

La noche era bien noche, el mar todo mar, el yate se movía demasiado, era imposible ver la línea de flotación debido al sobrepeso. Los navegantes, agotados como naufragos, escrutaban la oscuridad con ojos enrojecidos por las muchas horas sin dormir. El grito llegó de estribor. !Hombre al agua! !Roque, se cayó Roque! La única maquina de abordo tosiendo por el esfuerzo, disminuyó las rotaciones y el pesado yate comenzó a girar en la oscuridad. La orden había sido tan firme y resuelta que nadie dudó un segundo. Hay que virar y encontrar a Roque, no seguimos hasta que aparezca.
81 hombres y toda la causa en riesgo por un solo tripulante sumergido en la incertidumbre del mar picado en la noche.
Desición terrible, el Granma sobrecargado, amenazado por el amanecer en ciernes y los vigías enemigos, con sus tripulantes consumidos por la agitada navegación, un solo motor asmático, casi sin combustible. Pero no había una pizca de dudas en el Comandante. Había que rescatar a Roque.
No habrá,  en la historia de Fidel, ni una sola vez, dudas sobre que hacer ante situaciones semejantes, sea un compañero caído o todo un país agredido, sea un niño secuestrado, o un pueblo amenazado por una terrible enfermedad. Fidel y su Revolución o abandonan.
En un hombre así se puede confiar, confiarón en él sus compañeros de travesía, sus hermanos en la guerrilla, los soldados enemigos heridos, su pueblo en la construción de una sociedad nueva. Fidel no solo inspiraba confianza, demostró muchas veces su valor y su humanísmo.
Esa misma confianza hacía que todos le siguieran, a los países hermanos atacados: Argelia, Angola, Etiopía, Nicaragua. Esa certeza acompañó la desición de Juan Miguel, un padre al que le habían secuestrado al hijo los mafiosos de Miami, y la de los cubanos que resueltos se sumaron a la lucha para rescatarlo. O a los Cinco cubanos presos en EEUU, ese compromiso de Fidel ¡Volverán! fue la misma voz. No nos vamos hasta que aparezca. Más de una vez Gerardo Hernádez y sus compañeros cuentan cuanta certeza tenían de que Fidel no los abandonaría.

Todo un pueblo de fidelistas hizo suyo ese principio humano que ayudó a millones de personas en el mundo ante enfermedades terribles o devastadores fenómenos naturales. Al campesino desconocido y dagnificado por un ciclón en el remoto Guanacabibes, o cientos de miles de invidentes curables, analfabetos sin maestros, niños y adultos quemados por la radiacción en Chernobil.

Como aquella noche en la mar picada y la oscuridad insondable, el Comandante de la expedición no abandonó a su hermano; en las muchas noches y las muchas tormentas de la historia, los pueblos, los humildes, los desheredados por los egoísmos siempre pudieron contar con Fidel.

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